Un artista queer ante la exposición “The First Homosexuals” en el Kunstmuseum Basel – De los códigos ocultos a los cuerpos explícitos
- 15 mar
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Actualizado: 16 mar
Antes de dedicarme al arte, estudié sociología. Y una de las primeras cosas que aprendes es esta: nadie mira la sociedad desde fuera. No existe una distancia neutral. Siempre observamos el mundo desde dentro, atravesados por sus normas, su lenguaje y sus conflictos. La segunda lección: tampoco miramos el pasado de forma inocente. Lo leemos desde las preguntas, las categorías y las obsesiones de nuestro presente.
Volví a pensar en todo esto al visitar la exposición “The First Homosexuals” en el Kunstmuseum Basel.
Al principio se activó en mí la mirada sociológica. Empecé a pensar en cómo se construyen las identidades, en cómo el lenguaje fija categorías y en cómo algo que hoy parece tan reconocible como la homosexualidad no surgió como concepto hasta finales del siglo XIX.
Pero a medida que avanzaba por la exposición, regresó otra mirada. La del artista. Dejé a un lado la teoría y empecé a fijarme en los cuerpos, en los gestos, en las composiciones. En la forma en que ciertos artistas lograron insinuar el deseo mucho antes de que pudieran nombrarse con claridad y abiertamente.
El nacimiento de la homosexualidad
Para alguien formado en sociología, hay un momento de la exposición que destaca de inmediato: aquel en el que el deseo deja de leerse solo como práctica y empieza a convertirse en identidad.
En 1869, el escritor húngaro Karl-Maria Kertbeny introdujo el término “homosexual”. A partir de entonces, algo que durante siglos había existido sobre todo como comportamiento —hombres que mantenían relaciones sexuales con otros hombres, o mujeres que establecían vínculos íntimos con otras mujeres— empezó a definirse como un tipo de sujeto. Ya no se trataba únicamente de actos, sino de una forma de ser. De una identidad.
La exposición muestra muy bien hasta qué punto ese desplazamiento fue inquietante. Médicos, escritores y artistas intentaban entender qué significaba exactamente. Algunos describían al hombre homosexual como alguien con un “alma femenina en un cuerpo masculino”. Otros pretendían localizar la homosexualidad en el cuerpo mismo: en la postura, en el gesto, en la expresión, en ciertos rasgos físicos.
Mientras recorres las salas, empiezas a ver cómo esas ideas se filtraron en la historia del arte. Aparecen cuerpos masculinos que son fuertes y ambiguos a la vez: musculados, sí, pero también delicados; heroicos, pero vulnerables. Había una búsqueda clara de un lenguaje visual capaz de dar forma a una identidad que la sociedad apenas empezaba a nombrar.
Y ahí aparece una capa especialmente interesante. Hoy observamos estas obras con categorías que entonces todavía estaban en disputa. Hablamos de artistas homosexuales, de historia queer, de deseo entre hombres, de disidencia sexual. Pero quienes hicieron estas imágenes trabajaban en un momento en que nada de eso estaba estabilizado. Navegaban un terreno confuso, todavía sin lenguaje firme, cargado de malentendidos, proyecciones y miedo.
Cuando el deseo tenía que esconderse
Si el final del siglo XIX marca el nacimiento de la homosexualidad como categoría, también abre una contradicción. El deseo ya había sido nombrado, pero seguía sin poder mostrarse libremente. Y ahí el arte se volvió decisivo.
En la exposición se hace evidente que el deseo rara vez aparece de forma frontal. En vez de escenas explícitas, muchos artistas recurrieron a la mitología, a la alegoría, al desnudo clásico, a las referencias cultas y a una gestualidad cargada de dobles sentidos. Los cuerpos masculinos se presentan en posturas ambiguas. Las miradas entre las figuras parecen prolongarse apenas un instante más de lo esperado. Las imágenes parecen decir algo, pero no lo dicen del todo.
Esa ambigüedad no era solo una opción estética. Era una estrategia de supervivencia. El contexto social, moral y legal hacía que representar de forma abierta el deseo entre personas del mismo sexo pudiera resultar problemático, cuando no directamente peligroso. La tradición clásica ofrecía una coartada visual. El mito y la alegoría permitían mostrar sin declarar. Sugerir sin exponerse del todo.
Vistas desde hoy, muchas de esas obras resultan íntimas de una manera casi inesperada. Lo que antes funcionaba como código, ahora se deja leer con bastante claridad. Y justo ahí aparece una de las tensiones más hermosas de la exposición: la que existe entre ocultar y revelar, entre el disimulo y la afirmación, entre la imagen que protege y la imagen que delata.
A medida que avanzaba por las salas, fue en ese punto donde el sociólogo empezó a desaparecer. Lo que quedó fue el artista, mirando cuerpos, gestos y composiciones, pensando en cómo el deseo encuentra siempre una forma de entrar en la imagen, incluso cuando todavía no puede pronunciarse en voz alta.
De los códigos ocultos a los cuerpos explícitos
Delante de estas obras, no dejaba de hacerme la misma pregunta: ¿qué significa hoy producir imágenes de deseo queer?
Los artistas reunidos en “The First Homosexuals” trabajaban en un mundo en el que la visibilidad era frágil. El deseo podía aparecer en la pintura o en el dibujo, pero casi nunca de forma directa. Tenía que desplazarse a través del mito, la alegoría y los gestos codificados. Eran recursos visuales que permitían decir algo que aún no se podía decir abiertamente.
Vistas desde el presente, esas imágenes hablan tanto de valentía como de límite.
Como artista queer contemporáneo, siento que ahí hay un punto de partida. Los lenguajes visuales que aquellos artistas desarrollaron, con todas sus ambigüedades y sus cautelas, abrieron un espacio que otras generaciones hemos podido ocupar con mayor libertad. Mi trabajo no nace fuera de esa genealogía. Nace dentro de ella.
Yo trabajo el linograbado. Y el linograbado tiene algo decisivo: no permite vuelta atrás. Cuando la gubia entra en la plancha, el gesto queda inscrito. El corte permanece. Hay algo profundamente político en esa lógica material. La historia de la visibilidad queer también ha sido así: una vez abierto el surco, ya no resulta tan fácil borrarlo.
Eso se vuelve especialmente claro en mi reinterpretación de Narciso. En la tradición clásica, Narciso se descubre a sí mismo a través del reflejo. Se reconoce en la imagen devuelta por el agua. En mi versión, ese reflejo desaparece.

No hay agua que refleje. No hay espejo. No hay una escenografía mitológica que justifique la escena. El cuerpo aparece solo, ya consciente de sí mismo. Tiene los ojos cerrados. No necesita mirarse para saberse.
La figura conserva ecos del ideal clásico: un cuerpo masculino trabajado, sereno, casi escultórico. Pero la postura abre otra lectura. El gesto corporal puede leerse desde códigos que la cultura visual occidental ha asociado históricamente a lo femenino: más apertura, más suavidad, menos rigidez heroica.
Lo que me interesa no es fijar una interpretación cerrada, sino dejar visible cómo operan esos códigos. La imagen permite que convivan distintas lecturas de la masculinidad y, al hacerlo, muestra hasta qué punto el género también es una construcción visual. Basta un gesto para que cambie toda la lectura del cuerpo.
Las imágenes que antes tenían que hablar en voz baja hoy pueden permitirse otro grado de exposición. Pueden ser más directas, más carnales, más claras. Pero siguen conservando una capacidad intacta para incomodar, activar y provocar.
La visibilidad no es inocente y todavía provoca
Al recorrer “The First Homosexuals”, es fácil caer en una lectura lineal: del silencio a la visibilidad, del código a la representación abierta, del margen al reconocimiento.
Pero la historia rara vez funciona así.
La posibilidad actual de mostrar el deseo queer de forma explícita no cayó del cielo. Es el resultado de luchas largas, culturales, políticas y personales. Los artistas presentes en esta exposición trabajaban al principio de esa transformación, en un momento en que hacerse visible podía tener consecuencias reales. En ese sentido, quienes hacemos arte queer hoy heredamos a la vez una libertad y una responsabilidad.
Cuando empecé a compartir públicamente mi trabajo, primero con mis padres y después en mi web y en Instagram, entendí que ese gesto seguía siendo delicado. Publicar imágenes de deseo queer tenía algo de segundo coming out. No era solo enseñar obra. Era exponer una posición, un cuerpo, una mirada.
Y la visibilidad siempre produce reacción. A veces llega en forma de apoyo. Otras veces no. En un momento dado, alguien vandalizó el escaparate de mi estudio. Fue un gesto pequeño, pero bastante elocuente. Sigue habiendo cuerpos que molestan. Sigue habiendo imágenes que incomodan. Sigue habiendo una tensión real alrededor de la representación del deseo, del cuerpo masculino y de lo queer. Por eso, la historia que propone “The First Homosexuals” no se siente lejana. No pertenece a un pasado resuelto. Se siente abierta. Inacabada.

Muchos de los artistas presentes en la exposición tuvieron que esconder el deseo bajo el mito, la alegoría o el gesto cifrado. Hoy, artistas queer como yo podemos trabajarlo de forma más frontal, más explícita, más visible. Pero cada imagen sigue arrastrando la memoria de aquellas estrategias anteriores. Y también la responsabilidad de no dar por cerrada la lucha que las hizo posibles.
Por qué importa una exposición como “The First Homosexuals” en el Kunstmuseum Basel para un artista queer
Para un artista queer, exposiciones como “The First Homosexuals”, presentada ahora en el Kunstmuseum Basel, son importantes porque hacen visible una parte de la historia del arte que durante demasiado tiempo se ha leído de forma lateral.
Al reunir obras de un momento en el que la identidad homosexual empezaba a nombrarse, a codificarse y a representarse, la exposición reconstruye un cambio social decisivo. Y nos recuerda algo fundamental: que la historia del arte no ha sido nunca neutral, ni heterosexual por defecto, aunque muchas instituciones la hayan contado así durante décadas.
Que un museo como el Kunstmuseum Basel dedique espacio a esta genealogía importa. Importa porque amplía el relato. Importa porque legitima. Importa porque devuelve contexto a imágenes que durante mucho tiempo fueron vistas sin querer verlas del todo. Y también importa porque conecta el pasado con el presente de quienes seguimos trabajando sobre el cuerpo, el deseo, la identidad y la representación.
Más información:
The First Homosexuals — Instagram



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